jueves, 13 de mayo de 2010

MOVIMIENTO N-R: ¿DÓNDE ESTÁ EL ORIGEN DE LA CRISIS?



"¡Y pensar que algunos se asombran de que hayamos perdido las colonias! Lo que a mí me asombra es cómo no hayamos perdido, con esta burocracia, hasta los pantalones"

PÍO BAROJA





La ideología del movimiento Nacional Revolucionario, tal y como aparece en el "Preámbulo al Manifiesto por una izquierda nacional y contra el capitalismo global", adolece de gran cantidad de defectos que impiden una clara comprensión de la crisis sistémica que vivimos en estos días. El gran error de esta ideología parte, a mi juicio, de una visión muy estrecha (que en ocasiones resulta un tanto demagógica) de las causas del inminente desmoronamiento del Estado de Bienestar y del sistema de vida asquerosamente materialista a él aparejado.

Y es que esta "izquierda nacional" continúa manejando los dogmas que desde siempre han sido herramientas harto útiles para aglutinar el odio y canalizarlo en determinada dirección, pero sin la menor intención de encontrar las raíces del cáncer social que está haciendo periclitar a nuestra civilización: para ello, se muestran a la opinión pública las imágenes de las "clases dirigentes" ("los políticos"), y junto a ellas las de unos cuantos ricachones, banqueros y especuladores ("los oligarcas"), y se dice que ellos juntos han sido los artífices de esta debacle económica, apareciendo el resto de la sociedad como inocentes y melifluas víctimas de semejantes parásitos. Olvidan que la sociedad ha sido la primera que ha respaldado este régimen mientras la bonanza económica ha permitido saciar sus "intereses" (y todos sabemos qué clase de intereses anhelan las masas de una sociedad tan marcadamente hedonista y relativista como la nuestra). Por otra parte, se habla en defensa de los "trabajadores" sin aclarar en ningún momento si se trata de obreros o de funcionarios (ese es el equívoco en el que también incurren los sindicatos, que aglutinan artificialmente a ambos bandos asignándoles el nombre de "asalariados"), y cuando parece que se refieren específicamente a los operarios, se asegura que este sector se corresponde con la "mayoría social", sin percatarse de que los obreros que desean que sus hijos hereden el oficio y no se dediquen a explotar a nadie, son, al menos en la actualidad, una minúscula minoría.

No podemos negar que la corrupción a todos los niveles (y no sólo, ni muchísimo menos, entre las altas esferas de la política) y el imperio de la plutocracia son sintomas visibles de este desmoronamiento. Pero no es menos cierto que las enfermedades nunca deben ser reconocidas en sus aspectos externos, sino en las causas profundas que propiciaron su aparición y crecimiento. Con lo cual, tales causas no las hallaremos "arriba" (aunque desde un punto de vista demagógico pueda resultar muy efectivo), sino "abajo", entre la gente del pueblo cuya mentalidad es radicalmente opuesta a la de otras épocas. Es allí donde está el origen de la decadencia social que vivimos, y no entre "la clase dirigente", mera expresión o reflejo de un espectro social agonizante.

Nunca como hoy se ha adoctrinado a nuestros hijos para que crean legítimo tratar de ser explotadores (ya sea como funcionarios o parafuncionarios), nunca como hoy se les ha exhortado para que busquen "su interés" (o el de la mayoría, el cual explica muchas cosas), y nunca como hoy se han sentido tan desarraigados de su familia y de su patria. Y los padres no han dudado en amparar y fomentar todas estas atrocidades, esperando que alguno de sus vástagos sacase provecho de tanta ignominia. Ahora bien, con este mar de fondo era previsible que unos cuantos "pescadores" se mancomunasen para beneficiarse de este caos, pero señalarles con el dedo y estigmatizarles con el epíteto de "causantes" de todos nuestros males es tan cínico como irresponsable. En un país donde todo funcionase con un mínimo de cordura, estos pescadores no hallarían lugar donde introducir el anzuelo. Por tanto, lo que exige el momento presente es renunciar a la acrónica posición que siempre ve una "minoría explotadora" y una "mayoría explotada". Por el contrario, sólo una pequeña parte de la sociedad es lo suficientemente madura como para vivir honradamente sin dejarse llevar por el materialismo reinante; el resto, almenos potencialmete, puede considerarse como masa explotadora.

Ante esta cuestión, la ideología Nacional-Revolucionaria aduce que los "liberal-capitalistas" y los sionistas pervirtieron a las masas, que pronto se entregaron a una orgía de desquiciado consumismo. Más bien yo diría lo contrario: fue la aparición de las masas y la necesidad "democrática" de comprar su voluntad (dictadura de las mayorías), lo que permitió que un sistema económico ya de por sí materialista (capitalismo inglés)desembocase en un verdadero monstruo que, bajo el nombre de Estado de Bienestar, amenaza con desintegrar nuestro más inmediato futuro en tiempo récord.

Mención especial merece la posición que la izquierda nacional adopta frente al fenómeno de la inmigración: simplificando, diremos que la ven como una gangrena que debería ser extirpada cuanto antes. No comprenden los simpatizantes de estas ideas que, en las actuales circunstancias,esta medida aniquilaría los raquíticos restos de economía productiva que aún quedan en nuestro país. Pues ¿cómo quieren ustedes que España y el resto de países del "Primer Mundo" no se van invadidos por la escoria tercermundista, si saben perfectamente que ésta es la única mano de obra que acepta unos empleos que ninguno de los autóctonos quiere desempeñar? Y es que entre una legión asfixiante de funcionarios y parafuncionarios; entre una turba de incompetentes subvebencionados por el Estado y entre una masa de quinceañeros dispuestos a reventar las calles y a dibujar el símbolo ácrata en cada una de las esquinas de neustra ciudad, bastante hacen los inmigrantes con sostener con su trabajo el paupérrimo edificio sobre el que nos asentamos.

Por mi parte, puedo asegurarles que nadie como yo se siente tan apenado al contemplar la chusma cosmopolita que se está adueñando del tejido económico de España. Pero todavía me apena más percatarme de la angosta visión política de la que hacen gala algunos ideólogos, que creen que con deportar a unos cuantos negros y con fumigar a unos cuantos políticos y especuladores, habrán sanado todos los problemas (y habrán mitigado las "deigualdades económocas", expresión que no merece por nuestra parte el menor comentario). Nada más lejos de la realidad: las raíces de la decadencia serán arrancadas el día en que la mentalidad del pueblo cambie como un calcetín, cosa que parece que no va a ocurrir ni a corto ni a medio plazo. Para ilustrarles, déjenme que les ofrezca este breve ejemplo:

Sabemos por diversas fuentes que en la España del siglo XVII había más de 11 millones de habitantes. La Contaduría de aquella época registró una cifra de funcionarios que oscila entre treinta y cuarenta mil, lo cual arroja una tasa de 2´75 empleados públicos por cada cien habitantes. Pero lo curioso es que todo el mundo pensaba por aquel entonces que con dos mil ya andaban bien servidos, en la creencia de que sólo los mal dotados para el trabajo tenían derecho a engrosar las filas de la buracracia. En nuestro tiempo, en cambio, son los que no sirven para estudiar los que se dedican a trabajar (aunque de bastante mala gana, como fácilmente se comprende). Compárese ambas mentalidades y se aprecirá en toda su dimensión el brutal cambio que la sociedad española a verificado en los últimos siglos: sobran las palabras.

Con todo lo anteriormente expuesto, no pretendemos rememorar épocas pasadas en un delirio de trasnochado idealismo, sino tratar de exponer a nuestros lectores las secretas fuerzas que mueven los hilos del tiempo presente. Obviamente, tales fuerzas no pueden ni deben ser anuladas, pero sí tenidas en cuenta para una correcta comprensión de la realidad. El gran peligro de todo estadista es el de transformar una reforma en una revuelta, por lo que la obligación irrenunciable del político nato es orientarse en el pasado, actuar en el presente y mantener la mirada fija en el futuro. Así es como las naciones más vigorosas han logrado vadear los riscos que representaban las más adeversas situaciones.

miércoles, 14 de abril de 2010

UNA EMANCIPACIÓN SUICIDA



"La mujer no se emancipa si no arroja lejos de sí su femineidad, su deber para con su marido, para con sus hijos, para con la ley y para todo lo que no sea ella misma."


BERNARD SHAW



"El sentido del matrimonio, la voluntad de perdurar, va perdiéndose. No se vive ya más que para sí mismo, no para el porvenir de las estirpes. La nación como sociedad, primitivamente un tejido orgánico de familias, amenaza disolverse en una suma de átomos particulares, cada uno de los cuales pretende extraer de su vida y de las ajenas la mayor cantidad posible de goce -panem et circenses-. La emancipación femenina (...) no quiere liberarse del hombre, sino del hijo, de la carga de los hijos, y la emancipación masculina de esa misma época rechaza, a su vez, los deberes para con la familia, la nación y el Estado."


OSWALD SPENGLER




Todo hombre de bien tiene la obligación de preguntarse por las razones que han proporcionado que las mujeres de nuestro tiempo- sobre todo las más jóvenes- hayan asumido, en lo que respecta a las relaciones de pareja, una iniciativa e independencia que hace escasas décadas parecían inimaginables. Asimismo, no cabe duda de que este fenómeno se halla estrechamente vinculado a la aparición de la llamada "familia atomística" (Zimmerman), la cual ha evolucionado hasta el presente trayendo al mundo occidental un espectacular aumento de la promiscuidad, así como una alarmante aceptación social ante cuestiones tan controvertidas como el divorcio o el aborto.


Por supuesto que las raíces de esta tendencia tienen, como todas las tendencias históricas, su propia genealogía. Y si buceamos en ella, advertiremos que el factor más a tener en cuenta es la progresiva desnaturalización de la familia, institución sobre la que giraba hasta hace bien poco toda la psicología femenina (por eso no es difícil percibir algo de ese grotesco desarraigo en las mujeres que, ya a edades muy tempranas, afirman "pertenecerse a sí mismas").


En las épocas en las que la familia rige los destinos de la vida sexual, el deseo innato de toda mujer es la maternidad: los amantes contraen matrimonio para tener hijos, y la felicidad se cifra en una existencia al servicio de la prole, y por tanto, repleta de sacrificio y abnegación (actitud ésta que refleja la preocupación por el futuro): en este periodo la familia es definida como comunidad de sangre. En cambio, en las épocas decadentes como la nuestra, el deseo innato de toda mujer es "enamorarse" siendo ella la que decide; los amantes contraen matrimonio para "dar y recibir amor" y para ser "felices" (eso si es que no conciben la unión conyugal como una carga inútil) y la "felicidad" es entendida como puro hedonismo, sin mayor horizonte que el de satisfacer el presente inmediato: la familia, ya claramente individualista, es aquí definida como comunidad de afectos.


Pero lo más inquietante es que este panorama no se ciñe al mundo contemporáneo. También la era la Roma del Imperio un periodo en el que la mujer había conquistado cotas de emancipación insospechadas hasta entonces, por lo que sería interesante indagar en los cambios sociales que se produjeron en aquellos tiempos. El lector juzgará si los tres extractos que a continuación les presentamos, cuyo autor es el psiquiatra y experto en sexualidad López Ibor, guardan alguna similitud con la época presente:

"Ovidio (autor de la conocida Ars Amandi, obra en la que se enseñaban diferentes técnicas de seducción, las cuales estaban destinadas tanto a hombres como a mujeres) no hizo sino reducir a magníficos versos el signo de sus tiempos. La moral sexual se ceñía a lo meramente externo. El amor era un deporte de caza cuya presa, la mujer, era halagada empalogosamente. El hombre estaba dispuesto siempre a renunciar a su dignidad si con ello conseguía sus objetivos sexuales".

Estando así las cosas, no es de extrañar que los vínculos familiares cayesen pronto en el olvido:


"La infidelidad conyugal no fue motivo de dramas aparatosos. Las separaciones matrimoniales abundaban y los jueces eran muy tolerantes y dispuestos a conceder el divorcio con suma facilidad. A partir de la segunda guerra púnica, el número de divorcios creció alarmantemente. La mujer cuyo marido se ausentaba durante largos períodos para cumplir con sus obligaciones bélicas era escuchada cuando pretendía divorciarse".


A tal punto de desprestigio llegó el matrimonio, que López Ibor nos ilustra con estas dos anécdotas de dos de los autores más afamados de aquel tiempo plagado de miseria moral e infamia:

"Séneca lo explica gráficamente:"Hay mujeres que no cuentan sus años por el número de cónsules (que se elegían anualmente), sino por el de sus maridos". Y Juvenal, con su mordacidad característica, describía de un plumazo la moda del divorcio por boca de un liberto que le dice a su mujer:"Vete, vete, que te suenas mucho la nariz y quiero buscarme otra mujer que tenga las narices secas."

Terminaremos esta entrada con una breve reflexión. Decía Chesterton que los pueblos libres (o vivos) son los que continuamente están cultivando y revitalizando sus más honorables tradiciones, mientras que los pueblos esclavos (o muertos) son los que se limitan a importar lacayunamente los peores vicios de las sociedades coetáneas, hábitos que muy pronto se convierten en modas. Así, un pueblo agonizante como el romano se apropió de cierta variante de los ritos dionisíacos que el helenismo había expandido en su área de influencia, las bacanales, orgías nocturnas que se celebraban en los bosquecillos anejos a Roma, donde las libaciones y el desenfreno sexual eran los ingredientes principales. Estas prácticas, pese a ser severamente condenadas por el partido de Catón y por el Senado, se popularizaron entre la plebe hasta alcanzar proporciones monstruosas (Aquí dejo volar la imaginación del lector por si encuentra algún paralelismo entre estas modas -que no costumbres-y las que se pueden apreciar en la actualidad).

Sin duda, todos estos fenómenos sociales son el espejo sobre el que debemos reflejarnos para comprender hacia dónde conduce la "emancipación femenina" y el resto de lacras sociales que infestan la pusilánime sociedad en la que nos encontramos.

viernes, 9 de abril de 2010

UN MUNDO CONTRA NATURA





"Otro rasgo no menos característico de la reluciente decadencia de esta época (los últimos años de la república en la antigua Roma) es la emancipación del mundo femenino. Hacía ya mucho tiempo que la mujer se había independizado económicamente... . Pero la mujer no se veía desembarazada de la tutela económica del padre o del marido. Los amores de todas clases estaban constantemente a la orden del día... Viendo a estas mujeres de estado maniobrar en la escena de un Escipión o de un Catón, y a su lado al joven petrimete con la barbilla bien rasurada, la voz delgada y el andar menudo, cubierta la cabeza y el pecho por pañuelos, con camisa de puños y sandalias de mujer, copiando en todo a las muchachitas desenfadadas, debía de sentirse lástima de aquel mondo contra natura en el que parecían trocarse los papeles de ambos sexos."


THEODOR MOMMSEN




El irreversible cambio orgánico que posibilita el ascenso de la ciudad a metrópoli cosmopolita trae consigo diversos cambios sociales, de claro tinte subversivo. Entre ellos, uno de los más destacados es el anhelo del "pensamiento libre". En efecto, la urbe se emancipa definitivamente del campo que la vio nacer. Este acontecimiento se traduce en la progresiva desvinculación que sufre el individuo de todo aquello que signifique "naturaleza viviente". Su pensamiento, surgido de la petrificación espiritual que se respira entre múltiples calles y edificios artificiales, concibe la vida y el mundo como una sucesión racional, mecánica, de causas y efectos. Entonces aparece por primera vez la mujer segura de sí misma, independiente, libre. Lejos quedan los tiempos en que la maternidad era su única razón de ser; ahora es la hembra un patético monigote que orienta todas sus energías en emular en todo lo posible a los varones, reclamando allá donde va la "razón de su humanidad"


Resulta sugestivo comprobar como en la Roma imperial se compusieron estos versos anónimos, que tanto evocan a la mujer occidental de nuestros días:


"Incluso, por cierto, la hembra paría siguiendo nuestro ejemplo


y en aquel tiempo todas eran madres


Ahora corrompe su vientre aquella que quiere parecer hermosa


Y es rara en esta época la que quiere ser madre"


Desde la Revolución Francesa, corolario de los diferentes movimientos emancipatorios que cimentarán los pilares del pensamiento moderno, la capacidad crítica de la sociedad se ensañará con los ideales de feminidad ensalzados en siglos anteriores. La mujer sumisa, obediente, proclive siempre a una inocente ingenuidad, serán los símbolos elegidos para representar alegóricamente la infamia de una cultura que no se atrevía a superar su retrograda adolescencia.

Pero así como la inteligencia racional lleva aparejada la pérdida de la intuición y el sentido común, junto a la independencia de la mujer aparece la infecundidad y la aberración sexual. El mismo Séneca llegará a escandalizarse de semejante relajación moral: "¿Hay ya vergüenza de cometer adulterio, una vez que se ha llegado al extremo de que ninguna mujer tenga marido sino para excitar al adúltero? La castidad es hoy síntoma de pusilanimidad".


Al respecto, Spengler se muestra en extremo contundente: "¿Qué más da que la infecundidad sea debida a que la dama americana no quiera perder una temporada, o que la parisiense tema la ruptura con su amante, o a que la heroína ibseniana "se pertenezca a sí misma?" Todas se pertenecen a sí mismas porque todas son infecundas"


En un ambiente absolutamente desnaturalizado, el espíritu de la urbe se hunde languideciendo en su propia miseria, mientras que la infecundidad, símbolo del rechazo metafísico hacia la vida, se adueña de los moribundos restos de la cultura.




lunes, 8 de marzo de 2010

EL LIBERALISMO Y LA SEMILLA DE LA DESTRUCCIÓN


"En vano proclamaréis la idea de la igualdad; esa idea no tomará cuerpo mientras la familia esté en pie. La familia es un árbol de este nombre, que en su fecundidad prodigiosa produce perpetuamente la idea nobiliaria."


JUAN DONOSO CORTÉS


"Cuando la idea de la propiedad descaece, el sentido de la familia se disuelve en nada. Quienquiera impugna la primera, ataca también a la segunda. La idea de herencia, adherida a la existencia de todo cortijo, todo taller y toda antigua firma comercial, así como a las profesiones continuadas de padres a hijos, y que ha encontrado su más alta expresión simbólica en la monarquía hereditaria, garantiza la fortaleza del instinto de raza."

OSWALD SPENGLER







Pocos intelectuales han sido tan certeros como nuestro Donoso Cortés ante la cuestión de diagnosticar -y en ocasiones profetizar- la naturaleza del tumor maligno que, ya a mediados del siglo XIX, carcomía el alma de nuestra civilización mediante la propagación de las ideas racionalistas.


Y es que Donoso, en un alarde de preclara objetividad, mostró hasta qué punto el utillaje ideológico de la escuela socialista fue extraído de la escuela liberal; la única diferencia estriba en que aquélla se atrevió a hacer explícitas las últimas consecuencias que ya anidaban, bien que de forma implícita, en los dogmas de ésta. Podríamos decir, pues, que el gran mérito del socialismo fue que llegó a ser más consecuente que su progenitor ideológico: simplemente, dio una vuelta de tuerca más a un programa liberal que, por mucho que sus acérrimos defensores lo nieguen, llevaba en su seno la semilla de la destrucción.


Conviene repasar, sin embargo, algunos de los textos que nos legó este genial escritor. En especial, ciertos capítulos publicados en su obra "Ensayo sobre el Catolicismo, el Liberalismo y el Socialismo", donde expresa con argumentos inatacables cómo la "igualdad" que preconizaban las corrientes liberales, en la que se incluía una concepción materialista e insolidaria de la sociedad, desembocaban irremediablemente en la disolución de la familia y la consiguiente expropiación económica por parte del Estado (que es, precisamente, la piedra angular de todo el andamiaje socialista). Escuchemos a Donoso:


"De aquí se deducen las siguientes consecuencias : Siendo los hombres perfectamente iguales entre sí, es una cosa absurda repartirlos en grupos, como quiera que esa manera de repartición no tiene otro fundamento sino la solidaridad de esos mismos grupos, solidaridad que viene negada por las escuelas liberales como origen perpetuo de la desigualdad entre los hombres. Siendo esto así, lo que en buena lógica procede es la disolución de la familia : de tal manera procede esta disolución del conjunto de los principios y de las teorías liberales, que sin ella aquellos principios no pueden realizarse en las asociaciones políticas."


Otros de los aspectos en los que incide Donoso es en el "giro copernicano" que el liberalismo otorgó al significado de la propiedad. Antes de la irrupción del racionalismo, el sentido de la propiedad se hallaba indisolublemente unido al símbolo familiar; de esta suerte, era la propiedad hereditaria y lo que ésta representaba quien "poseía" al titular de la misma. En cambio, con la aparición de las ideas liberales esta relación se invierte: ahora es el "individuo"- esa abstracción que tanto daño ha causado a nuestra perspectiva histórica- el que posee una propiedad que, desligada del elemento hereditario y familiar, se transforma en mera cosa. El tránsito del patrimonio raigal al dinero queda así abierto. De nuevo Donoso nos alerta de la enorme trascendencia de este cambio de mentalidad:


"Pero la supresión de la familia lleva consigo la supresión de la propiedad como consecuencia forzosa. El hombre, considerado en sí, no puede ser propietario de la tierra, y no puede serlo por una razón muy sencilla : la propiedad de una cosa no se concibe sin que haya cierta manera de proporción entre el propietario y su cosa, y entre la tierra y el hombre no hay proporción de ninguna especie. Para demostrarlo cumplidamente bastará observar que el hombre es un ser transitorio, y la tierra una cosa que nunca muere y nunca pasa. Siendo esto así, es una cosa contraria á la razón que la tierra caiga en la propiedad de los hombres, considerados individualmente. La institución de la propiedad es absurda sin la institucion de la familia (...) La tierra, cosa que nunca muere , no puede caer sino en la propiedad de una asociación religiosa ó familiar que nunca pasa. (...) La escuela liberal, que de todo tiene menos de docta, no ha comprendido jamas que siendo necesario para que la tierra sea susceptible de apropiación, que caiga en manos de quien pueda conservar su propiedad perpetuamente, la supresión de los mayorazgos y la expropiación de la Iglesia con la cláusula de que no pueda adquirir es lo mismo que condenar la propiedad con una condenación irrevocable. (...) La desamortizacion eclesiástica y' civil, proclamada por el liberalismo en tumulto, traerá consigo (...) la expropiación universal. Entonces sabrá lo que ahora ignora : que la propiedad no tiene razón de existir sino estando en manos muertas, como quiera que la tierra, perpetua de suyo, no puede ser materia de apropiación para los vivos que pasan, sino para esos muertos que siempre viven."


Ahora bien, tras conseguir el objetivo de desarraigar a los hombres, la "sociedad"-o lo que queda de ella- se convierte en un despojo compuesto por "individuos" aislados y anónimos. Así es como el siglo XX conoció la disputa, puramente económica, entre el "liberalismo" y el "socialismo", esto es, entre los "individuos" y el Estado. Y si hoy en día se sigue hablando de la victoria del liberalismo frente al estatalismo soviético tras la caída del muro de Berlín, es porque se ignora la deriva estatalista que las democracias "liberales" impulsaron, sobre todo a mediados de siglo, merced a las modernas teorías del Estado Social. De ahí la sorprendente actualidad de las proféticas conclusiones de Donoso:


"Cuando los socialistas, despues de haber negado la familia como consecuencia implícita de los principios de la escuela liberal ,- y la- facultad de adquirir en la Iglesia, principio reconocido así por los liberales como por los socialistas, niegan la propiedad como consecuencia última de todos estos principios, no hacen otra cosa sino poner término dichoso a la obra comenzada cándidamente por los doctores liberales. Por último, cuando despues de haber suprimido la propiedad individual el comunismo proclama al Estado propietario universal y absoluto de todas las tierras, aunque es evidentemente absurdo por otros conceptos , no lo es si se le considera bajo nuestro actual punto de vista. Para convencerse de ello basta considerar que, una vez consumada la disolucion de la familia en nombre de los principios de la escuela liberal , la cuestion de la propiedad viene agitándose entre los individuos y el Estado únicamente. Ahora bien: planteada la cuestion en estos términos, es una cosa puesta fuera de toda duda que los títulos del Estado son superiores á los de los individuos, como quiera que el primero es por su naturaleza perpetuo, y que los segundos no pueden perpetuarse fuera de la familia."

lunes, 15 de febrero de 2010

NOSOTROS, JÓVENES DEL SIGLO XXI


"Detrás del fenómeno de la televisión basura se agazapa, en fin, una perversión de la democracia que halla en esos cientos de miles de jóvenes que se disputan una fama catódica una infantería voluntariosa y desinhibida. Aquella rebelión de las masas que anticipara Ortega ha alcanzado, al fin, su apoteosis más sombría. "


JUAN MANUEL DE PRADA




Nosotros, jóvenes del siglo XXI,somos tan mezquinos, deleznables, superficiales y chabacanos como nunca antes lo habíamos sido. Algún día, cuando seamos mayores y ganemos algo de sensatez, cargaremos con la certeza de saber el profundo desprecio y la vergüenza que nuestros propios antepasados sentirían si pudiesen ver los vomitivos gustos, los vulgares anhelos y las miserables esperanzas de las que cada día hacemos gala.

Hacer, pensar y decir todo cuanto las amistades y la sociedad (siempre la sagrada “opinión pública”) quiere que hagamos, pensemos y digamos: esto es para nosotros, jóvenes del siglo XXI, la vida. No importa que nuestra conducta sea moralmente repulsiva, si con ello despertamos la admiración de los demás; no importa que el materialismo rezume en cada una de nuestras opiniones y deseos, si ello está en consonancia con lo que nuestros amigos esperan de nosotros; no importa que en esta vida nuestra máxima prioridad sea la más repugnante búsqueda de placer y comodidad, si así nos ganamos la simpatía de la pandilla de turno y reforzamos nuestras expectativas sociales. Y pese a todo, todavía tenemos la cobardía de decir públicamente que nos sentimos libres.

Hoy reina por doquier el barriobajerismo, la manera de ver las cosas desde abajo, como las ven los insectos y especialmente los parásitos. Tanto en el arte como en la sexualidad, tanto en la moral como en el trabajo, siempre termina imponiéndose la tendencia que mejor se adapta a esa actitud que siente hostilidad hacia toda clase de disciplina, y que no puede dejar de horrorizarse ante la grandeza que sólo la rectitud espiritual puede ofrecer. Todas las modas que triunfan en la sociedad, todo lo que tiene éxito entre nosotros, jóvenes del siglo XXI, procede siempre de esa perspectiva parasitaria, cuyo origen está en la masa sin escrúpulos de las grandes urbes. Somos tan inteligentes y a la vez tan ingenuos, que creemos que podemos vivir después de enterrar nuestro pasado, cuando en realidad estamos condenados a descubrir que junto a él enterramos también nuestro futuro.

Nosotros, jóvenes del siglo XXI, tenemos un destino. Y ese destino pasa por vivir sin esperanzas, sin verdaderas ilusiones, degustando sin parar un presente que nunca nos sacia, tal es nuestro vacío, y esperando con apatía un mañana que algo en nuestro interior nos dice que quizá ya no merezcamos contemplar…

martes, 12 de enero de 2010

LA MISERIA DEL EXISTENCIALISMO



"Un hombre no es otra cosa que lo que hace de sí mismo."

JEAN-PAUL SARTRE




Hablar de la filosofía humanista que engendró el siglo XX es hablar del existencialismo, corriente de pensamiento que aún hoy, ya inmersos en el siglo XXI, continúa gozando de plena actualidad dadas sus premisas ideológicas de un marcado trasfondo progresista. Sobre todo, el pensamiento del francés Jean-Paul Sarte ha modelado buena parte de la cosmovisión imperante, convirtiéndose en el autor predilecto a la hora de afrontar el problema ontológico que la Modernidad sigue planteando acerca de la Libertad.

Las conexiones entre el existencialismo y el feminismo radical (también llamado "ideología de género") son evidentes: en ambos casos se trata de de reducir al mínimo todos aquellos factores naturales (ya sean biológicos, histórico- culturales o circunstanciales) que constriñen a ese ente difuso e indeterminado al que llaman "conciencia", y al que suelen identificar con una "libertad" no menos difusa e indeterminada. Para esta ideología, pues, la historia del progreso humano es en realidad la historia de la emancipación del sujeto de todo aquello que impida o entorpezca su propia e infinita capacidad de autodeterminación. La pura voluntad o deseo sería a la postre lo único que debe guiarnos en esta tarea, ya que toda moral es por definición, según el pintoresco Sartre y sus acólitos, una coerción más que añadir a los factores naturales que ya de por sí lastran nuestra plena independencia.

La famosa sentencia de Sartre "la existencia precede a la esencia" significa romper de forma inequívoca con el pensamiento tradicional, para el que la esencia individual aparecía determinada desde el momento mismo de la concepción. Contradiciendo esta postura, Sartre llegó a afirmar que ni siquiera en nuestra primera infancia fuimos algo, sino más bien "nada", ya que por aquel entonces éramos tan inmaduros que aún no estábamos en condiciones de "hacernos a nosotros mismos", es decir, de elegir lo que queríamos ser (por tanto, "éramos" pero todavía no "existíamos") Asimismo, sólo puede valorarse lo que "es" una persona en el momento de su muerte, pues es aquí donde expira la posibilidad de decidir por parte del sujeto, apareciendo en consecuencia su biografía como esencia inmutable y conclusa.

A fin de cuentas, lo que hizo Sartre no fue solamente recuperar la noción de sujeto cartesiano, entendido como pura voluntad y capacidad de elección, sino que reintrodujo la creencia Aristotélica (y en parte también cristiana) de que son los hábitos o las acciones las que fundamentan el carácter y la personalidad del individuo. En efecto: Aristóteles creía que la virtud podía alcanzarse mediante la reiteración de los hábitos virtuosos; por su parte, el catolicismo tendía a menospreciar la particular esencia congénita de cada hombre para ensalzar la "salvación en las buenas obras", prédica que solía ir destinada a influir en el ánimo de los fieles de "voluntad débil"(en este caso la influencia del aristotelismo en Tomás de Aquino es decisiva).

Para ilustrar hasta qué punto las creencias existencialistas siguen estando vigentes en nuestra sociedad, reproducimos a continuación un extracto de un libro de "Filosofía y Ciudadanía" para estudiantes de 1º de Bachillerato:

"Muchas de estas consideraciones que rehuyen la idea del hábito, tienen un carácter pesimista, por cuanto de una u otra manera desconfían de las posibilidades de las personas para cambiar. Al hacer recaer el peso de la virtud sobre los aspectos heredados de nuestra personalidad, nos arrebatan algo específicamente humano: la libertad para decidir sobre lo que queremos ser, para ser los protagonistas de nuestro destino. Pero toda nuestra organización social está orientada en el sentido contrario: disponemos de sistemas de alabanza y censura morales, nuestra educación pretende imbuir buenos hábitos y construimos centros de rehabilitación para reformar los malos hábitos, todo lo cual parece indicar que las personas podemos dar forma o corromper deliberadamente nuestros caracteres. El cambio es posible, es un hecho de experiencia común que algunas personas dejan de beber, que otras se tornan más compasivas, que otras, en fin, se vuelven malas."

Por supuesto que estas argumentaciones carecen de sentido, pues, ¿cómo podemos saber si el borracho que deja el alcohol lo consigue porque también ha dejado de tener ganas de beber, o simplemente porque, tras ser convenientemente coaccionado por la sociedad, ha logrado reprimir tales inclinaciones? El hecho de que dos personas no beban no significa que ambas tengan la misma fuerza de voluntad; lo más probable es que una de ellas domine sus impulsos mientras que la otra, al no albergar en su interior semejantes deseos, no tenga la menor necesidad de ello. Siendo esto así, ¿bajo qué criterio debemos considerar a la primera como más más "virtuosa" que la segunda? Por otro lado, pensar del mismo modo que lo hace nuestro actual sistema de "reinserción social", sobre todo cuando hablamos de delitos de sangre, supone obviar que no hay ningún hombre malvado (y con mayor motivo si éste se halla preso) al que no le interese ofrecer una "versión mejorada" de sí mismo ante la sociedad. ¿Cómo podemos estar seguros, entonces, de si un criminal está arrepentido de sus hábitos pasados? ¿únicamente porque ahora, entre rejas y ante la atenta mirada de un batallón de psicólogos, actúa más compasivamente que antes? ¿y cómo diantres pueden esos psicólogos introducirse en la mente de ese criminal para constatar que, en efecto, está completamente arrepentido de las atrocidades que cometió y no son sus "nuevos hábitos" una forzada comedia con el objetivo de salir cuanto antes de la cárcel? Se mire por dónde se mire, se trata de una antropología que desconoce -o le conviene desconocer- lo que la experiencia y el sentido común señalan con meridiana claridad.

Sólo la dogmática fe en el perfeccionamiento del hombre permitió que durante largo tiempo se promocionaran esta clase de ideas. Pero ese tiempo ya ha pasado: hoy es el cinismo propagado por los descarnados intereses de poder lo que ha suplantado a toda superstición humanitarista. El existencialismo ha aportado al mundo contemporáneo la bandera de su espíritu libertino, mientras que a la par ha generado el caldo de cultivo para una "rebeldía contra el Sistema" que sólo ha cosechado aún mayor conformismo, dejando inerme a la juventud de cara a los proyectos de ingeniería social que las burocracias de los diferentes Estados de Bienestar han planificado, y cuyas consecuencias son por desgracia difícilmente reversibles.

jueves, 3 de diciembre de 2009

UN ESTADO EXPLOTADOR: EL BUROCRATISMO COMO AGENTE DE DECADENCIA


"El hombre desarraigado es un hombre vuelto engranaje, que "sirve" para el propósito colectivo. Quizás sea útil recordar aquí el análisis que Gabriel Marcel hacía de la palabra "servir". Dicho término puede querer significar simplemente ser usado, como se dice de una máquina: me sirve o no me sirve; pero también, en el otro extremo, el verbo servir se carga de armónicos que parecen extraños a la idea de pura utilización, por ejemplo cuando se dice: es un honor servir... Pues bien, el auténtico servidor se distingue por cierto apego, por cierto arraigo. Es todo lo contrario del funcionario que se limita a cumplir su parte del contrato, por ejemplo, en un hospital, y cuando termina su horario se va, aunque lo reclame tal o cual enfermo. La burocracia es un mal, es el mal propio del hombre que no "sirve", del desarraigado, es un mal metafísico"


P. ALFREDO SÁENZ



La aparición del Estado Organizativo tras la Revolución Francesa es el impás histórico que mejor refleja la muerte de un modelo de gobierno, el monárquico, que fue sustituido por un verdadero despotismo para el que las ideas de dignidad y servicio no tenían cabida: la "democracia", esa anarquía establecida que hoy amenaza con aniquilar a las naciones europeas mediante el mismo caos que ha ido aderezando durante siglos de ardua y obstinada labor.

Pero junto al imparable avance de este caos tan abyecto como falto del menor sentido de responsabilidad, surge otro síntoma que delata a la perfección la corrupción interna de los pueblos declinantes. Me refiero al burocratismo, esa lacra social que pronto se convierte en el cáncer que devora los restos de las civilizaciones en fase de desintegración.

En la época del Antiguo Régimen los cargos públicos eran en general heredados de padres a hijos, por lo que casi nadie osaba ambicionar tales empleos, tradicionalmente asociados a una disciplina y capacidad de sacrificio tan severas que al populacho no le resultaban en absoluto apetecibles. No obstante, ya en las primeras constituciones liberales se tipifica expresamente cuál es el auténtico sentido del verbo "democratizar": permitir el acceso de la plebe a cualquier destino público. Al poco de entrar en liza los partidos políticos, la nación se divide en una lucha por atraerse a la mayor clientela posible, la cual sólo puede ser mantenida con la promesa de consolidar e incluso aumentar la burocracia, que ya por entonces se ha transformado en la casta privilegiada que todos padecen, pero a la vez, a la que todos aspiran. La dirección del Estado, antes reservada a una minoría especial de familias que conservaban la idea de servicio a una causa histórica, se troca en un negocio del que todos quieren participar y beneficiarse, y siempre a costa de quienes realmente sustentan a la nación. El llamado "Estado de Bienestar" no es más que la evolución consecuente de esta revolución, que en la actualidad prosigue su marcha alcanzando proporciones monstruosas, y cuyo éxito radica en que entiende por "Bienestar" el poder librarse del trabajo verdaderamente duro y productivo. Así es como las dignidades del Estado derivan en "el botín del vencedor", parafraseando a Spengler en una de sus célebres sentencias.

De esta manera resumió Gustave Le Bon la situación de las naciones latinas, que ya en 1895 comenzaban a mostrar señales de la misma corrupción que hoy asola a todo Occidente:

"La promulgación de estas innumerables series de medidas legislativas, todas ellas de un orden restrictivo en general, conduce necesariamente a aumentar el número, el poder, y la influencia de los funcionarios encargados de su aplicación. De esta forma, dichos funcionarios tienden a convertirse en los verdaderos amos de los países civilizados. Su poder es tanto más grande cuanto que, en medio de esta incesante transferencia de autoridad, la casta administrativa es la única que permanece intocada por las modificaciones, es la única que posee irresponsabilidad, impersonalidad y perpetuidad. No hay forma más opresiva de despotismo que la que se presenta bajo esta triple forma."

Más adelante, Le Bon revela su tesis historicista, que sin duda debió influir notablemente en la filosofía spengleriana:

"La progresiva restricción de todas las libertades en el caso de ciertos pueblos, a pesar de la licencia aparente que les otorga la ilusión de que aún poseen estas libertades, parece ser por lo menos tan consecuencia de su avanzada edad como de cualquier sistema en particular. Constituye uno de los primeros síntomas de esa fase decadente de la cual hasta ahora ninguna civilización ha escapado."

Por su parte, el gran Ramiro de Maeztu también nos advirtió de la inseparable unidad que conforman los ideales democráticos y la creciente burocracia:

"...la democracia es un sistema que no se consolida sino a fuerza de repartir entre los electores destinos y favores, hasta que produce la ruina del Estado, eso aparte de que no llega a establecerse en parte alguna, si no se les engaña previamente con promesas de imposible cumplimiento o con la calumnia sistemática de los antiguos gobernantes. ¿Qué se hizo del sueño de libertad para todas las doctrinas, todas las asociaciones? Un privilegio para los amigos, una concesión para los enemigos, a condición de que sean buenos chicos."

"Lo peor, sin embargo, no es el aumento de los gastos públicos, sino que los fomente el mismo régimen representativo instituido para refrenarlo. En los más de los países son miembros de las Cámaras numerosos funcionarios, identificados con el poder público que, lejos de regatear recursos al Erario, no tienen más anhelo que el de repartirse presupuestos opíparos. Tampoco los partidos políticos están interesados, sino de un modo muy genérico, en las economías, porque cuanto mayores sean los gastos de su Estado, más empleados sostiene, es decir, más electores, más amigos, más agentes, más secuaces de los partidos gobernantes. Así los presupuestos se convierten en la lista civil de los partidos..."
Y más adelante añade:

"Nada ha sido más funesto a los pueblos de la Hispanidad que su concepto del Estado como un derecho a recaudar contribuciones y a repartir destinos"

"Las dictaduras surgen en América por la necesidad de poner coto al incremento de los gastos públicos. Las democracias, en cambio, nacen del ansia, no menos imperiosa, de dar a todo el mundo empleos de Gobierno."

"El Estado contemporáneo es la lista civil del sufragio universal, lo que quiere decir que su bancarrota es infalible..."

Finalmente, el pensador vasco concluye con estas palabras:

"Pero este tipo de Estado ha de quebrar, lo mismo en América que en Europa, no sólo porque los pueblos no pueden soportarlo, sino porque carece de justificación ideal. Es un Estado explotador, más que rector. Antes de sucumbir a su imperio, preferirían los pueblos salvarse (...) por algún golpe de autoridad, que arrebate a los electores influyentes su botín de empleos públicos."