martes, 7 de julio de 2009

SOFISTAS vs. ILUSTRADOS O BREVE HISTORIA DE LA VIRTUD


"Mediante una cuidada selección de los conocimientos mismos y de los métodos de enseñanza, es posible instruir (...) en todo lo que cada hombre necesita saber para la economía doméstica, parta la administración de sus negocios,para el libre desarrollo de su industria..."

MARQUÉS DE CONDORCET

Durante toda la Edad Media y principios del Renacimiento, dominó la creencia de que las cualidades humanas más heroicas y virtuosas estaban sólo al alcance de la aristocracia, un selecto número de familias de sangre noble que habían heredado de las generaciones precedentes determinadas costumbres y tradiciones que simbolizaban el orden natural dispuesto por dios en la Tierra.

Fue a partir del siglo XVIII cuando los filósofos ilustrados, abanderados por los enciclopedistas franceses, comenzaron a cuestionar abiertamente los supuestos morales y religiosos que legitimaban el predominio del sistema feudal y eclesiástico como reguladores del orden social existente.

Entre ellos, Voltaire destacó como uno de los más acérrimos defensores del carácter social y popular del saber. Para este menudo y enjuto filósofo, la "virtud" no es una cualidad reservada a un reducido grupo de elegidos, sino que ésta podía ser enseñada a todos los hombres sin distinción de su procedencia social o nacionalidad. A tal empeño se encaminaron los esfuerzos de los también franceses Diderot y D' Alambert, que lograron en 1755 terminar la que hasta hoy es considerada la hazaña más representativa de la Ilustración: la Enciclopedia, obra en la que se pretendía reunir todos los conocimientos que hasta la fecha había acumulado la Humanidad durante siglos de experiencia. El objetivo último de esta titánica empresa no era otro que el de ofrecer las "herramientas de emancipación" necesarias que permitieran a todos los hombres, tras una impecable educación pública, acceder a su "mayoría de edad".

Sin embargo, este ideal racionalista no es, ni mucho menos, exclusivo de la cultura Occidental. En la Grecia prehomérica podemos rastrear cómo van gestándose paulatinamente estos mismos ideales con una sincronicidad pasmosa.

Hacia el siglo VIII a. C. podemos observar la prevalecencia de los valores caballerescos típicos de un ambiente medieval. Las familias nobles poseen las tierras y protegen a los campesinos; se narran gestas épicas de carácter mítico en las que se ensalza la valentía y el heroísmo de sus protagonistas; se celebran justas y ágapes en las fiestas celebradas en honor de los señores feudales; la religión alcanza un papel preponderante gracias a la creciente popularidad de los misterios órficos... Pero es a partir de la consolidación de las ciudades-estado y de la democracia ateniense cuando empiezan a circular diversas corrientes de pensamiento que aseguran, ni más ni menos, que la areté (virtud) y la paideia (término que en sentido tradicional se acerca al concepto de "crianza" pero que ahora significará "educación" sobre todo de corte intelectual) no debían ser consideradas exclusivas de las élites, sino patrimonio de cualquier ciudadano que estuviese dispuesto a disfrutar de sus excelencias después de una correcta instrucción pedagógica. Este cambio fue posible debido a que los valores que primaban en el recién instaurado régimen democrático ya no eran los de sangre y destreza guerrera, sino los de persuadir mediante no menos hábiles argumentos retóricos a la multitud que se congregaba cada vez en el ágora (plaza central). En este arte destacaron los sofistas, quienes, al igual que los ilustrados, se autocalificaban de "sabios". Pese a su acusado relativismo, empero, no dudaron en convencer al pueblo ateniense de los beneficios de la democracia, y una vez implantada ésta, se dedicaron a impartir clases de retórica a los jóvenes que aspiraban a emprender la carrera política, lucrándose con ello de tal forma que posteriores filósofos como Sócrates o Platón juzgaron indigna. Curiosamente, los ideales de estos auténticos profesionales llegaron a calar tan hondo que uno de sus máximos detractores, el anteriormente aludido Sócrates, reconoció como incuestionable uno de sus principales asertos: que la areté no es innata sino enseñable.

Resulta poderosamente sugestivo comprobar que los sofistas y otros intelectuales racionalistas de la Antigüedad desarrollaran ciertas ideas que los ilustrados del siglo XVIII defenderán más de dos mil años después. ¿Qué decir, por ejemplo, de la obsesión de Platón por la instrucción pública? ¿Y de las inclinaciones enciclopedistas del propio Aristóteles? Quizá la más desconcertante de estas anécdotas sea la que proviene de los sofistas, los cuales no sólo afirmaban que el hombre es bueno por naturaleza, sino que la mejor forma de convivencia es la que procede de la vida primitiva que florece antes de la aparición del Estado... ¿Qué podría decir al respecto el mismísimo Rousseau?

Al hilo de todas estas curiosidades, ¿será cierto el dicho popular que asevera que el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra?

3 comentarios:

Galliano dijo...

Viendo tu lista de libros, me atrevo a recomendarte a Moeller van der Brücke, H. S. Chamberlain y Emilio Gentile.

Y saludos a la Falange!!!
Viva España Eterna

CRIMENMALPENSAR dijo...

Excelente y muy esclarecedor tu texto.

En ese espíritu entonces, la democratización de la cultura y del saber que promueve occidente hoy por hoy, no pueden ser mas que sintómas de gran decadencia anímica... El fin de una era...

Respecto a tu pregunta del final... Quizá este escrito en el destino de los hombres y de toda gran civilización tropezar fría e inexorablemente contra esa piedra...

Un saludo!

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www.occcidenteasociacion.wordpress.com

Manuel David Mora Hervás dijo...

Gracias por vuestras recomendaciones. Ya saben que es un placer y un orgullo proponer temas que aun en nuestra época siguen etiquetados de "políticamente incorrectos", pero que no por ello dejan de ser cruciales para diagnosticar las enfermedades del presente.