
Para ilustrar hasta qué punto las creencias existencialistas siguen estando vigentes en nuestra sociedad, reproducimos a continuación un extracto de un libro de "Filosofía y Ciudadanía" para estudiantes de 1º de Bachillerato:
"Muchas de estas consideraciones que rehuyen la idea del hábito, tienen un carácter pesimista, por cuanto de una u otra manera desconfían de las posibilidades de las personas para cambiar. Al hacer recaer el peso de la virtud sobre los aspectos heredados de nuestra personalidad, nos arrebatan algo específicamente humano: la libertad para decidir sobre lo que queremos ser, para ser los protagonistas de nuestro destino. Pero toda nuestra organización social está orientada en el sentido contrario: disponemos de sistemas de alabanza y censura morales, nuestra educación pretende imbuir buenos hábitos y construimos centros de rehabilitación para reformar los malos hábitos, todo lo cual parece indicar que las personas podemos dar forma o corromper deliberadamente nuestros caracteres. El cambio es posible, es un hecho de experiencia común que algunas personas dejan de beber, que otras se tornan más compasivas, que otras, en fin, se vuelven malas."
Por supuesto que estas argumentaciones carecen de sentido, pues, ¿cómo podemos saber si el borracho que deja el alcohol lo consigue porque también ha dejado de tener ganas de beber, o simplemente porque, tras ser convenientemente coaccionado por la sociedad, ha logrado reprimir tales inclinaciones? El hecho de que dos personas no beban no significa que ambas tengan la misma fuerza de voluntad; lo más probable es que una de ellas domine sus impulsos mientras que la otra, al no albergar en su interior semejantes deseos, no tenga la menor necesidad de ello. Siendo esto así, ¿bajo qué criterio debemos considerar a la primera como más más "virtuosa" que la segunda? Por otro lado, pensar del mismo modo que lo hace nuestro actual sistema de "reinserción social", sobre todo cuando hablamos de delitos de sangre, supone obviar que no hay ningún hombre malvado (y con mayor motivo si éste se halla preso) al que no le interese ofrecer una "versión mejorada" de sí mismo ante la sociedad. ¿Cómo podemos estar seguros, entonces, de si un criminal está arrepentido de sus hábitos pasados? ¿únicamente porque ahora, entre rejas y ante la atenta mirada de un batallón de psicólogos, actúa más compasivamente que antes? ¿y cómo diantres pueden esos psicólogos introducirse en la mente de ese criminal para constatar que, en efecto, está completamente arrepentido de las atrocidades que cometió y no son sus "nuevos hábitos" una forzada comedia con el objetivo de salir cuanto antes de la cárcel? Se mire por dónde se mire, se trata de una antropología que desconoce -o le conviene desconocer- lo que la experiencia y el sentido común señalan con meridiana claridad.
Sólo la dogmática fe en el perfeccionamiento del hombre permitió que durante largo tiempo se promocionaran esta clase de ideas. Pero ese tiempo ya ha pasado: hoy es el cinismo propagado por los descarnados intereses de poder lo que ha suplantado a toda superstición humanitarista. El existencialismo ha aportado al mundo contemporáneo la bandera de su espíritu libertino, mientras que a la par ha generado el caldo de cultivo para una "rebeldía contra el Sistema" que sólo ha cosechado aún mayor conformismo, dejando inerme a la juventud de cara a los proyectos de ingeniería social que las burocracias de los diferentes Estados de Bienestar han planificado, y cuyas consecuencias son por desgracia difícilmente reversibles.